‘No es solo el sector: somos nosotr@s también’, por Patricia Iglesias
Hablamos mucho del ritmo de este sector. De sus exigencias. De la urgencia constante y de cómo todo parece siempre a punto de explotar... Que si normalizamos la presión… Que si vivimos en piloto automático… Que si las empresas no cuidan… Que si no hay espacio para el error… Que si el talento se va porque no aguanta...
Y sí, es verdad que el sector AdTech (como muchos otros) ha creado una narrativa de éxito que no siempre se corresponde con una realidad habitable. Se glorifica el estar a tope, se mide la entrega en función del sacrificio, y se habla mucho de cultura y de propósito... pero se vive poco, la verdad…
Pues resulta que hay otra parte de la historia que no solemos nombrar, básicamente, porque es incómoda. Una que nos enfrenta a nosotr@s mism@s. Y es esta: no siempre somos víctimas del sistema. A veces, también somos parte de él. A veces, sin quererlo, lo retroalimentamos. Lo repetimos. Lo perpetuamos.
Decimos que estamos en contra de la cultura del rendimiento extremo, pero seguimos respondiendo mensajes a horas en las que deberíamos estar desconectando. Decimos que queremos equipos más humanos, pero evitamos preguntar cómo está alguien por sin nos responde algo que requiere seguimiento o una conversación mucho más profunda. Nos quejamos de que nadie nos cuida, pero seguimos sin decir que no cuando nos saturamos. Nos molesta que el liderazgo sea distante o frío, pero también nos cuesta ofrecer cercanía.
Repetimos lo que criticamos porque, en el fondo, nos cuesta mucho desinstalar los aprendizajes que hemos incorporado como parte de nuestra identidad profesional. Y cuidado, es normal. Pero no es saludable. No se puede sostener mucho más en el tiempo. Yo misma también he caído en eso (y mira que me sé la teoría…).
He puesto la energía en acompañar a l@s demás mientras me abandonaba a mí misma. He dicho “tranquila, yo lo cubro” cuando lo que necesitaba era parar. He querido demostrar más de la cuenta. He sentido culpa por descansar, por pedir ayuda, por poner límites. He glorificado el hacer. He medido mi valor en función de lo que podía aguantar.
Y no, no me avergüenza decirlo. Porque me parece importante nombrarlo para dejar de pensar que el cambio solo depende de quienes están “más arriba”, de terceras personas. La cultura organizativa no es una decisión estratégica que se toma en una reunión. Es una suma de prácticas, de palabras, de silencios. Es el lenguaje con el que nos hablamos, las normas implícitas que seguimos, los gestos que repetimos. Y ahí es donde sí tenemos influencia. Mucha más de la que creemos.
No hace falta ser líder formal para transformar
Hace falta ser coherente. Empezar por una misma persona. Observarse. Preguntarse: ¿desde dónde estoy actuando? ¿Cuánto de lo que hago nace del miedo a no parecer suficiente? ¿Estoy diciendo que sí por responsabilidad o por miedo al conflicto? ¿Estoy eligiendo realmente o estoy reaccionando a lo que se espera de mí?
El cambio empieza cuando dejamos de actuar en automático. Cuando revisamos nuestras propias dinámicas. Cuando dejamos de premiar el sobreesfuerzo como si fuera el único camino. Cuando aprendemos a parar sin justificarnos. Cuando priorizamos el cuidado (el nuestro y el de los demás) como parte de nuestro rol, no como un algo ocasional.
Cuando usamos el ejemplo silencioso como forma de liderazgo: no responder fuera de horario, no aumentar la exigencia cuando estamos bajo presión, acompañar una conversación incómoda sin agresividad, legitimar el descanso, proteger los espacios emocionales del equipo aunque no estén en la lista de tareas… Hay tanto que podemos hacer…
No se trata de vivir en una cultura perfecta. No existe. Pero sí podemos construir una cultura más honesta, más consciente, más habitable. Y eso empieza en lo cotidiano. En cómo decidimos responder. En cómo pedimos lo que necesitamos. En cómo cuidamos el lenguaje. En cómo marcamos nuestros límites. En cómo acompañamos a quien está al lado sin olvidarnos de nosotr@s.
No podemos cambiar todo el sector. Pero sí podemos revisar la parte que sí depende de nosotr@s. La forma en que elegimos estar. El modelo que reproducimos. El espacio que ocupamos. El impacto que generamos, incluso sin hablar. La transformación cultural que tanto deseamos no va a llegar por una campaña de employer branding ni por una nueva política interna. El equipo de People puede ser maravilloso, pero no puede hacerlo solo. Va a llegar cuando seamos muchas personas (en diferentes roles, en diferentes equipos) las que empecemos a actuar de forma distinta. No desde el castigo ni desde la culpa, sino desde la coherencia. Desde la valentía de mirarnos y de mover ficha, aunque sea en cosas pequeñas.
Porque no se trata solo de lo que nos pasa. Se trata también de lo que elegimos hacer con eso. Y ahí, siempre, tenemos campo de acción.
¿Y si lo intentamos? 😉
Por Patricia Iglesias, Chief People & Culture Office de Techsoulogy
